
ROBINSON CRUSOE de Daniel defoe
Estos pensamientos me atormentaron durante el segundo y el tercer día de mi enfermedad, y en el furor de la fiebre y las terribles recriminaciones de mi conciencia, musité unas palabras que parecían una plegaria a Dios, aunque no sé si el origen de la oración era la necesidad o la esperanza. Más bien era el llamado del miedo y la angustia pues mis pensamientos confusos, mis convicciones fuertes y el horror de morir en tan miserable situación me abrumaron la cabeza. En este desasosiego, no sé lo que pude haber dicho pero era una suerte de exclamación, algo así como: «¡Señor!, ¿qué clase de miserable criatura soy? Si me enfermo, moriré de seguro por falta de ayuda. ¡Señor!, ¿qué será de mí?»
Entonces comencé a llorar y no pude decir más. En este intervalo, recordé los buenos consejos de mi padre y su predicción, que mencioné al principio de esta historia: que si daba ese paso insensato, Dios me negaría su bendición y luego tendría tiempo para pensar en las consecuencias de haber desatendido sus consejos, cuando nadie pudiese ayudarme. «Ahora - decía en voz alta-, se han cumplido las palabras de mi querido padre: la justicia de Dios ha caído sobre mí y no tengo a nadie que pueda ayudarme o escucharme.
Hice caso omiso a la voz de la Providencia, que tuvo la misericordia de ponerme en una situación en la vida en la que hubiera vivido feliz y tranquilamente; mas no fui capaz de verlo, ni de aprender de mis padres, la dicha que esto suponía. Los dejé lamentándose por mi insensatez y ahora era yo el que se lamentaba de las consecuencias; rechacé su apoyo y sus consejos, que me habrían ayudado a abrirme camino en el mundo y me habrían facilitado las cosas y ahora tenía que luchar contra una adversidad demasiado grande, hasta para la misma naturaleza, sin compañía, sin ayuda, in consuelo y sin consejos.» Entonces grité: «Señor, ayúdame porque estoy desesperado
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